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La ponencia sobre la vida de don Alvaro del Portillo que será beatificado el próximo 27 de septiembre la hemos dividido en partes que entregaremos a ustedes con mucho gusto, ya que la autora, la alumna María Turner Larrínaga ha expresado las virtudes que vivía don Álvaro y cómo las puede vivir una joven como ella. 

(Aquí puede ver la primerasegunda, tercera y cuarta parte de la ponencia)

Quinta Parte de la Ponencia: Vida y Obra de Don Álvaro del Portillo

Virtudes Humanas

La Templanza, “es la virtud que modera la atracción hacia los placeres sensibles y procura la moderación en el uso de los bienes creados”, es decir esta virtud nos ayuda a llevar con orden  lo que sentimos pero también lo que tenemos, está unida con la Fortaleza hoy en día, porque justo la comodidad viene siendo los placeres sensibles y lo que nos vende el mundo viene siendo que es más feliz el que más tiene comodidades.

Esta virtud es una virtud positiva, ya que modera los deseos y sentimientos del corazón humano para poder encausar éstos a lo que nos conviene, ayuda a recoger las fuerzas vitales y convertirlos en fuente de energía, aprovechar el corazón, en lo que verdaderamente te hace feliz. Rige en los bienes que poseo, en la abstinencia para moderar la comida, comer con límites, no por vanidad sino con indigencia, lleva a la sobriedad, a la castidad, a saber poner límites para llegar a ser dueños de nosotros mismos.

Don Álvaro siempre aconsejó a las personas que se fijaran un horario y, sin enconcertamientos, que procuraran exigirse en su cumplimiento, para ir formando la propia voluntad, realizar el trabajo con seriedad y practicar el espíritu de mortificación.

Un aspecto que manifiesta la virtud heroica de Monseñor del Portillo es el relativo a las comidas, donde existen mil anécdotas de las que contaremos algunas a continuación:

Durante muchos años San Josemaría tuvo que seguir un duro régimen dietético debido a la diabetes que padecía, y don Álvaro quiso siempre acompañarlo; porque aunque San Josemaría le decía que no tenía que hacerlo, don Álvaro indicaba que le dieran lo mismo que a nuestro Padre, esto implicaba el no tomar sal ni azúcar y muy poca grasa. Ambos vivían esta circunstancia con mucha alegría. Todos los testimonios coinciden en señalar la docilidad con que tomaba lo que se le presentaba, sin caprichos de ningún tipo. Vivía desprendido de sus gustos y confiaba totalmente en sus hijas y en las indicaciones de los médicos y jamás pidió que se le sirvieran algo distinto o especial. Cuando le servían comida de más lo agradecía, pero hubo una vez donde después de una operación quirúrgica se le indicó un régimen muy concreto de alimentación para que se repusiera rápidamente ya que tenía un evento muy importante; se cuenta la anécdota que como no tenía apetito en la hora de la cena se sirvió muy poca cantidad y la indicaron que tenía que servírselo doble, se veía que no tenía ganas y le resultaba costoso tomarse esa cantidad, él mismo se lo sirvió, se comió todo, y no dejo ni rastro.

Una última anécdota la cuenta un doctor que estuvo con don Álvaro y después de hacer un rato de deporte y platicar se fueron a cenar. “Yo tenía mucha sed, y pienso que los demás también, pues no habíamos bebido nada después del ejercicio realizado. Cuando llegamos al comedor destacaban en la mesa, unas copas de agua con el cristal empañado por la frescura del líquido que contenían. Al sentarme para comer, pensé en hacer una pequeña mortificación consistente en no beber hasta que lo hiciese don Álvaro. Por la sed intensa que notaba, estaba atento al momento en que don Álvaro comenzara a tomar agua y así pasé toda la cena, porque don Álvaro no bebió hasta el final del postre. De este modo me di cuenta de la mortificación que hacia don Álvaro, ya que si no llega a ser por el propósito que había hecho, me hubiera pasado totalmente inadvertida esta forma de sacrificarse en la comida. Pude así comprobar cómo, sin llamar la atención, vivía la heroicidad en lo pequeño de cada día.

Autora: Alumna María Turner Lárrinaga, Liceo Thezia, Hermosillo