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La conciencia es la brújula que nos guía en nuestro obrar. Si las agujas de la brújula se mueven caprichosamente, difícilmente nos podremos orientar: iremos a la deriva. ¿Y qué pasa si vamos a la deriva? Que corremos el peligro de naufragar como personas, de desorientarnos totalmente, de confundir el bien con lo conveniente, lo placentero o lo útil, de perder el norte, esa referencia que necesitamos en nuestro viaje. Externamente, nuestra vida será “normal”; sin embargo, quizá no sea una vida plenamente humana, sino la de una marioneta manejada por los hilos del azar.

A cada persona le ocurre lo mismo que a Pinocho. El hada madrina, atendiendo las súplicas del viejo Gepetto, hace que su muñeco de madera cobre vida. Sin embargo, sólo podrá dejar de ser una marioneta cuando tenga criterio propio; entonces, se convertirá en una persona de carne y hueso. Para poder conseguirlo, el hada le entrega un ayudante: se trata de Pepito Grillo, un pequeño insecto que actuará como su conciencia.

Como pone de manifiesto el cuento de Carlo Collodi, la conciencia es como un pequeño insecto que, aunque puede llegar a ser molesto, su picadura no es mortal. Esa “débil vocecita interior” es fácil de silenciar: se consigue a base de subir el volumen de fuera. Es lo que hacemos muchas veces: no oímos la voz de nuestra conciencia debido al ruido ambiental. Esta sordera anestesia nuestro sentido moral, nos impide distinguir lo que está bien y lo que está mal y nos hace vivir en una alarmante relajación ética. Parece que todo está permitido, que estamos por encima del bien y del mal, ya no se le oye a Pepito Grillo, pero Pinocho sigue siendo una marioneta que cree manejar sus hilos, aunque no sabe por qué le crece la nariz.

Esto significa que lo que se pierde echando de casa a Pepito Grillo es la capacidad del ser humano de ser lo que es: de actuar éticamente. Por eso, es muy importante cuidar a ese pequeño insecto, que en el fondo somos nosotros mismos, y hacerlo crecer con nosotros. Si nos olvidamos de él, si no lo alimentamos, si lo despedimos con cajas destempladas, podremos llegar a ser ricos, famosos o poderosos, pero nuestra calidad humana será del tamaño de un insecto.

La conciencia moral también hay que educar. La familia y la escuela (pero, sobre todo, la familia) son los espacios adecuados para hacerlo. En este tema, la responsabilidad recae directamente sobre los padres, primeros educadores; la escuela y otras instituciones con finalidad formativa pueden colaborar más o menos, pero nunca sustituir a los padres. Serán ellos los encargados de enseñar a los hijos lo que está bien y lo que está mal, los que les darán unos criterios éticos básicos, los que vivirán unos valores morales y los que les ayudarán a tomar sus primeras decisiones. En este punto, no se puede permanecer al margen: todo lo que no educa, deseduca.

(Artículo de Aceprensa)