Niña Sola

Por César Lozano

Un común denominador que los terapeutas encuentran en su consulta a pacientes con diferentes problemas es que tuvieron una infancia siendo parte de una familia disfuncional; y dentro de la gran variedad de factores que pueden ocasionarla, el que predomina son los padres tóxicos.

Padres que ejercen la violencia física  o emocional; padres rígidos para quienes las reglas son totalmente inflexibles o, lo contrario, padres permisivos, sumisos o sobreprotectores que por esa falta de límites se convierten en destructivos al hacer sentir a sus hijos que no hay nada que los frene o no puedan tomar decisiones por sí solos, causando una lamentable dependencia que los llena de miedos en el futuro. Los padres tóxicos también son quienes evaden los conflictos que por naturaleza se generan en cualquier familia, a través del terrible silencio o la lacerante indiferencia.  Es como si hubiera un rinoceronte en la sala de la casa, todos viven la tensión de su existencia, pero nadie habla de eso.  Actúan como si “todo estuviera bien”, se habla de temas sin importancia, se refugian en la televisión o en videojuegos o, lo que es peor y más común, hablan de la vida de los demás y no de la problemática que ellos viven.  Son también quienes utilizan el chantaje y la manipulación para obtener lo que desean de sus hijos.

Hace unos días entrevisté en mi programa de radio a José Luis “Dado” Canales, autor del libro “Padres tóxicos”, quien al cuestionarle qué porcentaje de pacientes que acuden a terapia tuvieron padres tóxicos, me respondió, si dudar, que son más del 90% de los pacientes.  Jóvenes o adultos que fueron niños heridos y sufren en la actualidad depresión, relaciones co-dependientes y otras consecuencias debido a padres que en forma consciente o inconsciente no supieron dar el mejor regalo que podemos darle a un hijo: protección, seguridad, límites con amor y respeto, así como promover que expresen sus sentimientos y alentar sus sueños.

El autor se inspiró para escribir el libro, no solo en la gran cantidad de pacientes que atiende con antecedentes de haber convivido con este tipo de padres, sino también en su propia vida al haberlo padecido como hijo de padres tóxicos.

Me expresó que un padre abusivo es aquél que con el fin de educar o  corregir a su hijo “por su bien”, es capaz de maltratos que generalmente repite de su propia infancia, creyendo que es la forma más inteligente de formarlo.

Los padres tóxicos pueden ejercer cuatro tipos de maltratos:

1.-Maltrato verbal. Padres que constantemente les dicen “tontos”, “gordos”, “ineptos”, “no sirves para nada” y otras palabras más que ejercen un poder tremendo en los hijos. Los árabes dicen que solo falta repetir algo cien veces para convertirlo en real.

2.-Maltrato físico. Obviamente los golpes nunca están justificados en la formación de un hijo, ya que generalmente ellos crecen con resentimiento y dolor que tienden a manifestarlo con la misma agresividad en la edad adulta.

3.- Maltrato emocional. Les hacen sentir su poca valía al ignorarlos o al no permitirles expresar sus emociones.

4.-Maltrato sexual. El que abusa de esta terrible manera, está ejerciendo todos los maltratos anteriormente mencionados.

Por supuesto que no existen los padres perfectos. Todos nos desesperamos en algún momento determinado y es natural que de repente levantemos la voz o perdamos la paciencia con nuestros hijos, pero en las familias funcionales esto no se convierte en un hábito. En una familia sana los mensajes verbales y no verbales son congruentes, existen límites claros y se promueve la individualidad y el respeto a sus miembros. Se expresa el afecto constantemente y se ventilan los conflictos para su solución.

En otras palabras, al entrar a un hogar con una familia funcional se percibe la armonía y la tolerancia.

El autor de este libro “Padres tóxicos”,  me compartió cuatro reglas para no convertirte en un padre tóxico y hoy las pongo a tu consideración.

Primera regla: El conflicto es parte de nuestra vida. Es una diferencia de opinión y es un derecho de los padres e hijos expresar cómo se sienten y llegar a acuerdos.

Segunda regla: Los límites nunca se ponen en la forma  se ponen en el fondo. El hecho de que estemos enojados no me da derecho a pegarle, humillarlo o insultarlo. Tomar en cuenta que la dignidad es más importante que el enojo y este enojo nunca debe de ser más grande que el amor.

Tercera regla: Entender que nuestros hijos son individuos con derecho a diferir de ti. Los padres no tenemos la verdad absoluta y los hijos tienen derecho a decidir, de acuerdo a la edad y a los límites establecidos, de manera que lleguen a dar rumbo a su vida.

Cuarta regla: Ser una persona sana es cometer errores y si como padre cometo uno, es conveniente reconocerlo y ofrecer una disculpa en caso necesario. Una disculpa no nos hace más débiles; al contrario, nos hace más fuertes y honestos y, por lo tanto, los hijos aprenden a reconocer errores y a ofrecer disculpas cuando lo requieran.

Buen momento para reflexionar y tomar acciones contundentes

¡Saludos!