ninos etiquetados

A favor de las diferencias, en contra de las etiquetas y de la patologización de la infancia.

Cuando criamos y educamos a niños muy pequeños, cada frase o gesto que decimos o hacemos deja huellas y marcas que pueden resultar reconfortantes y estimulantes para su desarrollo emocional, al igual que producir exactamente todo lo contrario.

Los pequeños nos entienden a pesar de no hablar. Perciben todo lo que se encuentra a su alrededor aunque no lo transmitan y muchas veces se apropian de esas frases o mensajes de los mayores, que una vez repetidos con frecuencia se convierten en verdades absolutas difíciles de modificar. Ellos mismos se convierten en lo que escuchan.

Es fundamental para los padres y maestros tener conciencia de las frases que decimos con frecuencia y que sentencian o vaticinan cómo creemos que es o será un niño. Los pequeños las escuchan y pueden llegar a tomarlas como propias.

También es muy importante romper con creencias y mitos que definen a un niño con una única característica. Ejemplo: “Es inquieto, es caprichoso, es distraído, no es inteligente”, etc. Los chicos son mucho más que una frase creada desde el enojo, al igual que mucho más que una cualidad o defecto.

Por si esto no fuera suficiente, tenemos la costumbre de colocar algunos nombres, rótulos o características a algún miembro de la familia en particular.

¿Cuál es el riesgo de que este juego de palabras o título adquirido se convierta en una “verdad o ley” ante toda la familia?

Estas etiquetas que se ponen en casa luego pueden trasladarse a la escuela. Y se pasa de frases un tanto ingenuas como “Típica hermana mayor”, “Eres igual a tu madre” o “Eres distraído y torpe” (refiriéndose a alguna acción realizada por un niño pequeño) a “Tiene ADD (desorden de atención), TGD (trastorno generalizado del desarrollo) o es Autista TOC (trastorno obsesivo compulsivo).

Si la persona que pronuncia estas frases es un ser significativo en la vida del pequeño, entonces se pueden plantear muchos problemas.

Otras frases que pueden sentenciar a un niño son:
“No puede ser que nunca entienda a este chico”, “Pareces un tontito”.
Ó comentarios del tipo: “Es hijo único, por eso es así de caprichoso” ó “Por ser el del medio es el que más sufrió”.

Ningún niño es igual y por lo tanto sufre de diferente manera. Es muy importante darle lugar al dolor y a la preocupación que sufren los pequeños por haber sido etiquetados.

Todo niño es influenciado naturalmente por su contexto social, cultural y familiar. Al ponerle nombres o rótulos de ADD (desorden de atención), TGD (trastorno generalizado del desarrollo) o Autismo TOC (trastorno obsesivo compulsivo), se le da al niño esa identidad. Se le convierte y define con esa característica.

Ya no es Pablo sino que es un ADD. Y ya no es Juan, sino que es un TGD.

Un niño crece permanentemente. Si lo etiquetamos, lo detenemos.
A veces se confunde lo que puede ser un síntoma. No habla o habla poco, no mira a los ojos o mira hacia los lados y no focaliza a los dos años.

Si los rotulamos también podemos correr el riesgo de medicarlos incluso antes de los cinco años. Y si nos guiamos por manuales que describen un sinnúmero de características y la manera de medicarlas no estamos estudiando el problema del niño en particular y mucho menos lo que necesita.

Se vulneran sus derechos, se arrasa su personalidad y los pequeños pasan a convertirse en una estadística.

Además, acallamos a los niños con medicación para que se “normalicen según los estándares. ¿Pero los estándares de quién?

Cuando observamos a un niño con dificultades de algún tipo hay que diagnosticarlo seriamente.

¿Cómo?

  • Tomando en cuenta la historia de su familia.
  • Trabajando en equipo con el pediatra, maestros y profesionales de la salud.
  • Observando las circunstancias en que se producen los síntomas o sufrimientos, partiendo de lo que el niño y sus padres expresan.

De esta manera, lo que le está sucediendo al niño puede ir cambiando con el tiempo. No es bueno rotular una característica o condición como un trastorno de por vida.

Siempre se dan cambios, retrocesos o avances que no se producen al mismo tiempo en todos los niños.

Si ponemos un rótulo a nuestros hijos los condenamos de por vida a ser vistos así por los demás y su futuro será más difícil de lo que queremos para ellos.

A veces son etiquetados con una patología por molestar o angustiar a los padres o adultos cercanos pero nunca se le pregunta al niño qué es lo que siente. Todos los pequeños deben ser escuchados y tenidos en cuenta para poder acceder a los tratamientos que sean necesarios.

Los padres no son culpables de nada pero tienen la responsabilidad de ayudar a los pequeños.

No hay un origen cierto de estos nuevos problemas (ser distraído, molestar y no prestar atención) que pueden ser vistos como trastornos de la infancia. A algunos niños les cuesta jugar, hablar o socializar y en esos casos es muy importante trabajar con sus posibilidades. A veces un niño no habla cuando se espera, no nos mira a los ojos y está distraído en su mundo. Pero esto no significa que ese problema o síntoma sea una enfermedad y menos antes de los seis años.

Si lo etiquetamos, lo detenemos.

Lo que no hay que hacer es ir a Internet y buscar síntomas y siglas para rotularlo porque luego es juzgado por ello y el niño responde a esa forma de ser tratado o mirado

Lo importante es que cada niño pueda conocer sus posibilidades y sus dificultades y que pase de la imposibilidad a la posibilidad y del malestar al bienestar.

No hay un origen cierto en estas nuevas patologías de la infancia y la tendencia es poner nombres, catalogar, etiquetar y medicar.

Si no comprendemos algo de nuestros hijos o nos asusta hay que pedir ayuda para acompañarlos. Además, en casa debemos estar atentos a nuestra manera de hablarles, a nuestra forma de explicarles qué es lo que no nos gusta sin generalizar.

Estos son los primeros pasos para que en su vida social pueda mostrarse auténtico, con su verdadera personalidad.

 

Fuente: Lic. Alejandra Libenson (http://www.tudiscoverykids.com/)