Amy Cheney es una madre de tres hijos, maestra de infantil y escritora. Hace unos días publicó en su blog la página de la agenda escolar de su hija de siete años donde ésta había anotado la dieta (diyet, en vez de diet, escribe ella) que iba a seguir:

  • 17 push-up (flexiones) dos veces al día.
  • 16 star jumps (saltos con brazos y piernas abiertas) dos veces al día.
  • 2 yogures.
  • 3 manzanas.
  • 1 pera.
  • 2 kiwis.
  • 5 vasos de agua.
  • Andar en bicicleta tres veces al día.
  • Trotar o correr tres veces al día.

La madre, desesperada por lo que había encontrado accidentalmente en la habitación de su hija, se pregunta: “¿Dónde ha aprendido la palabra “dieta”? ¿Cómo puede saber ella lo que es una maldita dieta?”.

Inmediatamente Amy Cheney comienza a buscar culpables. En primer lugar, se culpabiliza a sí misma, porque deja jugar a su hija con Barbies o porque siempre dibuja con ella figuras delgadas. Sin embargo, en su casa nunca se ha dado mayor importancia a estar gordo o flaco y, además, se promueve una alimentación y unas conductas alimentarias saludables.

En segundo lugar, echa en cara a los estándares ridículos de las modas que, sin permiso, se meten en los hogares y llenan las cabezas de niñas de siete años, “contaminando su inocencia con sus ideales patéticos”, así como a la obsesión por tener un cuerpo perfecto que establecen los estándares idealistas de nuestra sociedad.

La madre esperó a que su hija llegara del colegio para hablar con ella. La niña le dijo que eso de la dieta lo había aprendido de otra niña que la estaba llevando a cabo. Ya con tranquilidad, madre e hija se sentaron a conversar sobre las dietas y sobre la salud.

Amy sabe que esta conversación se volverá a repetir, que tendrá que hablar muchas veces con su hija sobre la comida y el peso. Lo que nunca imaginó es que tuviera que empezar a los siete años. Pero, como siempre decimos, en educación más vale llegar un año antes que un minuto después.

Para prevenir este tipo de situaciones, podríamos seguir estas pautas:

  • No valorar sólo el físico. La persona es mucho más que su aspecto físico. Evitar comentarios del tipo: “Pobre chica, qué gorda está”, “Qué suerte, fulanito se conserva tan delgado como siempre”, “¡Cómo puede ponerse eso con la barriga que tiene!”, “Tengo que bajar unos kilitos”…
  • Cuidado con las dietas. Hay madres, y padres, que siempre están a régimen. No parecen satisfechas con su cuerpo y cada temporada intentan un régimen diferente. Son un ejemplo nefasto para sus hijas. En algunas personas esta preocupación por la dieta va unida a una verdadera obsesión por el gimnasio.
  • Procurar una alimentación sana. Moderar el consumo de chucherías, dulces, pastas, helados, comida rápida… No permitir los caprichos a la hora de comer.
  • Intentar hacer comidas en familia. Si no se coincide a mediodía, procurar hacerlo durante la cena. Observar el comportamiento en la mesa y después.
  • Informarnos, mediante el tutor o el monitor correspondiente, de si comen, cuánto y de qué forma, en el comedor escolar.
  • Ojo con el perfeccionismo. No todo tiene que ser perfecto.
  • Ser realistas respecto a las aspiraciones de nuestros hijos. Debemos exigirles según sus posibilidades. La exigencia excesiva puede ahogarles y desencadenar estados de ansiedad y depresión. Los queremos por lo que son, no por lo que hacen o logran.
  • Si un hijo o una hija nos dice que quiere hacer dieta, no despreciemos su propuesta. Más vale que vayamos con él o ella al endocrino para que valore la situación, que no arriesgarnos a que se pongan a régimen a escondidas.
  • Trabajar la autoestima y la aceptación de uno mismo. Destacar sus rasgos positivos.
  • Mantener siempre un buen nivel de comunicación tanto de asuntos importantes como triviales. No descalificar una conversación por considerarla “cosa de críos”.

Artículo de familia actual, blog de Aceprensa