Hemos festejado en 2017 el aniversario del nacimiento de Jesús. El día que ha partido la historia en dos: antes y después de este acontecimiento. Nace el Hijo de Dios y debió temblar la tierra, que el sol bailara, que las estrellas se movieran y las piedras gritaran ¡aleluya!, que cayeran rayos que retumbaran con gran intensidad…

Pero todo fue tan normal y tan sencillo. ¿Por qué?

Dios nos habla con gestos y palabras. ¿Qué nos quiere decir con tanta naturalidad, con tanto silencio?… ¡Que lo importante para Dios, lo valioso está dentro de nosotros!

Este Niño que nació pobre y entre animales, que fue rechazado por aquellas familias que no le dieron posada… y que hoy muchas personas lo rechazarían por el lugar donde nació. ¿Por qué vale tanto?, ¿Por qué dan la vida tantas personas por Él?, ¿Por qué le construyen grandes templos y le dedican lo mejor del arte…? ¿Porque nació en un palacio, o porque tenía gran poder político, económico o social? ¡NO!

Vale porque es el Hijo de Dios: dentro de aquel pequeño cuerpecito, indefenso, frágil… habita toda la divinidad, el Dios con nosotros. El que es Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado de la misma naturaleza que el Padre, que creó el cielo y la tierra… ¡Por eso vale tanto!

Y nosotros, los pobrecitos hombres, nos empeñamos en valer por lo exterior, por aparentar muchas veces lo que no somos, por conseguir aquellos bienes materiales. Y nos sentimos bien porque vestimos aquella ropa, o vivimos en tal casa, estrenamos un carro nuevo y de moda, o hablan bien de mí…

Lo importante, y lo que me hace más valioso que todo el universo junto, es también ser hijo de Dios, que a eso ha bajado, a invitarnos a ser hijos de Dios. Y los somos cuando estamos en Gracia, unidos a Él que nos comparte su misma vida divina.

Pero podemos rechazar esta invitación, pero ahora siendo más conscientes que aquellos habitantes de Belén que no abrieron su vida a Jesús.

Que para este año 2018 tengamos como primera ocupación, antes que comer, dormir o trabajar, estar siempre en gracia de Dios: que me hace ser su hijo, me aplico la salvación que me trae Jesús, puedo entrar al cielo cuando muera, puedo recibir a Jesús en la comunión, estoy bajo la protección y ayuda de mi Padre Dios.

Y cuando pierdo la gracia por el pecado mortal, padezco lo contrario a lo que es la gracia: una verdadera tragedia.

Por lo dicho, podemos decir que la Navidad es algo mucho más profundo que Santa Claus, las posadas y los regalos. Y que la vida es infinitamente más valiosa a los ojos de Dios si estoy en gracia: no la pierdas, y si la pierdes, rápido a recuperarla en la Confesión.

Por Pbro. Alejandro Salas