Es lo que hace tiempo nos está recordando la policía. Todo lo que subimos a Internet puede ser bajado, todo lo que compartimos puede ser a su vez compartido indefinidamente, todo lo que lanzamos al espacio infinito de las redes sociales puede llegar a cualquier sitio y ser utilizado de mil maneras. En el momento en que algo es twitteado o enviado por las aplicaciones de mensajería instantánea pasa a pertenecer al universo digital, un abismo sin fondo con una memoria prodigiosa.

Cada dos por tres sale por la tele o en la prensa un agente de policía, de la Brigada de Investigación Tecnológica, por ejemplo, para advertirnos de los riesgos que comporta colgar una foto en Internet, consignar los datos personales en una web o grabarse con el móvil en actitud erótica y mandárselo a los amigos.

También cada dos por tres, nos llegan noticias como la de esa niña de catorce años que ha sido detenida por difundir un vídeo sexual de una compañera de trece (ver noticia). El vídeo corrió por el centro escolar de las chicas como un reguero de pólvora y explosionó enseguida. Por mucho que se detenga a los responsables, el daño ya está hecho, porque la grabación está en la red (aunque propiamente no haya sido subida a Internet) y la policía no puede acordonar un espacio infinito.

Este tipo de cosas lleva a muchas situaciones problemáticas, como el ciberacoso, el acoso escolar (grooming) o incluso el de pederastas, los cuales, como tiburones atraídos por la sangre inocente o irresponsable de unos niños que juegan con el móvil, toman nota de nuevas posibles víctimas. Pero lo grave del caso no es que nos tengan que avisar de estos riesgos, sino que lo tenga que hacer la policía, porque, si ésta interviene, es que ha fallado la educación. Cuando es la policía quien educa a los educadores, es decir, a los padres (y también a los profesores en decenas de programas sobre delitos cibernéticos, seguridad viaria, ocio responsable, etc.), algo no marcha bien.

Estos nuevos educadores de los educadores nos alertan del peligro que comporta grabar algo en el móvil y compartirlo. Nos avisan que digamos a nuestros hijos que no lo hagan, es decir, que no graben nada que les pueda comprometer; que no lo vean si les llega, y que no lo reenvíen a nadie.

Estas recomendaciones recuerdan al argumento que el sofista Gorgias de Leontinos, allá por el siglo V a.C., inventó para reducir todo a la nada. La conclusión a la que llegó la expresó así: “Nada existe, si algo existiera no lo podríamos conocer y si acaso lo pudiéramos conocer, no lo podríamos comunicar”. Algo semejante aconsejan los guardianes de la ley que hagan nuestros hijos, o mejor, que no lo hagan para no meterse en este tipo de problemas (o delitos): no hacer (no grabar), no conocer (no mirar), no comunicar (no reenviar).

Delin que quien posee, difunde o exhibe material con contenido pornográfico de menores, aunque sea menor también; falta quien lo ve, y comete una gran estupidez quien lo graba, porque su efecto puede ser, suele ser, irreversible.

Recuerden: Internet no olvida.

Artículo de

Un blog de Aceprensa