Guille es un adolescente con muchas ganas de hacer las cosas bien, pero con una inercia que le lleva a rendirse antes de tiempo y a meter la pata más de lo que a él, a sus padres y a sus profesores les gustaría. Sus nobles intenciones a menudo se quedan en escuderiles y, algunas veces, incluso en villanas. “No es fácil esto de la adolescencia”, suele comentar, apuntas alto y casi siempre el tiro se queda bajo.

Y es que para hacer puntería, como dice Agustín Serrano de Haro en su libro La precisión del cuerpo, se requiere un gobierno detallado, riguroso y casi despótico del yo sobre el propio cuerpo. Además, la puntería se ha de hacer “a sabiendas”, es decir, con noticia efectiva y explícita de estar llevándola a cabo, y “a conciencia”, o lo que es lo mismo, con una dedicación preferente a ella, evitando simultanear con otras actividades.

A Guille con demasiada frecuencia se le queda el tiro bajo, por la sencilla razón de que le falta ese gobierno detallado y riguroso de un yo que se está formando. Además, no siempre actúa “a sabiendas” y “a conciencia”. Al contrario, en ocasiones no sabe por qué ha hecho lo que acaba de hacer y, de tanto en tanto, el ruido del tiro le ensordece la conciencia. Por si fuera poco, casi siempre el momento de disparar le pilla cansado y, si no encuentra dónde apoyar el codo, el peso de la escopeta vence su brazo y acaba disparando al suelo.

Cuando hablas con él, descubres que es un buen muchacho, lleno de ilusiones, con un gran corazón, más inteligente de lo que demuestran sus calificaciones escolares y mucho mejor persona de lo que indican algunos de sus comportamientos. Como muchos adolescentes se subestima y está más pendiente de todos los ruidos de alrededor que del silencio que se requiere para hacer buena puntería. Suele decir que cuando se propone algo, siempre le sale el “Guille bueno”, que le aconseja acertadamente, pero también el “Guille malo”, que le susurra posibilidades más cómodas y más divertidas.

“¿Y a cuál de los dos le haces caso?” –la pregunta era obligada–. “A ninguno de los dos” –la respuesta resultó desconcertante–. Guille tiene la experiencia de que cuando le hace caso a su “yo bueno” le va mucho mejor, pero también que eso supone un esfuerzo de reflexión que le cuesta demasiado, como mantener la tensión cuando se hace puntería. Sale más a cuenta, piensa Guille, como lo piensan muchos adolescentes, disparar al aire y sin mirar. Es, además, lo que se lleva, a lo que les incita el ambiente: a ser espontáneo, a no pensar demasiado, a disparar a ráfagas.

Todos nuestros hijos tienen un “Guille bueno” y un “Guille malo”. Claro que debemos conseguir que le hagan caso al primero, pero, para ello, hemos de lograr que escuchen a los dos y que sepan discernirlos. Somos arqueros, decía el viejo Aristóteles, que buscan el blanco de sus vidas. No se trata de disparar al azar, sino de hacer puntería, acción que requiere un elevado nivel de concentración, algo que les falta a los adolescentes y que parece no estar de moda.

Publicado por blogfamiliaactual