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Cuéntale a tus hijos junto al pesebre un cuento de Navidad.

Verán cómo estas maravillosas historias los invitan a conversar y a recuperar poco a poco el auténtico espíritu de esta fiesta:

el del inmenso Amor de Dios por lo hombres, que se hizo niño para vivir entre nosotros.

Cuento 1. EL PEQUEÑO PEDAZO DE PAN

En un país muy lejano, hubo una vez una enorme hambruna. Como faltaban pocos días para la Navidad, un millonario pastelero decidió dar un regalo a los más necesitados. Mandó a buscar a los niños más pobres del pueblo y les dijo:

En este canasto hay pan para todos. Saque uno cada uno, lo lleva a su casa y vuelvan todos los días a buscar un nuevo pedazo, hasta que Dios mande tiempo mejores.

Los hambrientos niños se tiraron arriba del canasto y peleaban entre ellos porque cada uno quería sacar el pan más grande. Cuando todos tenían el que querían se fueron sin dar las gracias al pastelero.

Pero había una niña muy pobre, llamada Gretchen, que no peleó con los demás niños, ni se arrojó al canasto con malos modos, sino que se paró modestamente un paso más atrás. Cuando todos los niños tomaron su pedazo de pan, ella sacó el último que quedaba, que era el más chico. Luego besó la mano del pastelero, le dio las gracias y se fue a la casa.

Al día siguiente volvieron los niños y se portaron tan mal como el día anterior. Por su parte Gretchen hizo lo mismo: esperó pacientemente su turno. Pero esta vez le quedó un pan más chico todavía.

Cuando llegó a la casa y se lo dio a su mamá, está lo corto en pedazos chiquititos para repartirlo entre sus hermanos. Al hacerlo cayeron cientos de monedas de oro. La mamá estaba tan asombrada y alarmada que las metió en una bolsa y le dijo a Gretchen:

-Anda donde el pastelero y devuelve estas monedas que, por equivocación, quedaron dentro del pan,
Gretchen fue donde el hombre rico y le entregó las monedas con el recado de su mamá. Pero el pastelero le dijo:

– No, no fue una equivocación, yo puse las monedas de oro en ese pequeño pedazo de pan, ya que tú fuiste la única agradecida, la única educada y la única que esperó hasta el final para que los otros sacaran su pan. Ahora, anda a casa y dile a tu mamá que las monedas son de ustedes.

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Cuento 2. ZAPATOS PARA PAPÁ

Todos los años, cuando llega la época de Navidad, los fieles de la parroquia de un pequeño pueblo llevan a los niños de las familias más pobres a comprar regalos.

Este año, Francisca acompañó a dos niños muy especiales: José y Nicolás. Ellos pertenecían a una familia muy pobre y les entregó a cada uno cuatro monedas para que compraran lo que quisieran.

Los tres iniciaron el paseo. Pasaron por muchas tiendas y Francisca les daba muchas sugerencias, pero lo único que ellos hacían era mover la cabeza y decir: “No, eso no queremos”.
Después de un buen rato Francisca decidió preguntar: ¿Dónde quieren ir? ¿Qué idea tiene ustedes?
Entonces Nicolás contesto: Yo quisiera ir a una zapatería. Queremos comprarle zapatos para el trabajo a papá.

Llegaron a la tienda y el vendedor les preguntó ¿Qué quieren? Ellos mostraron un pie dibujado y contestaron que querían unos zapatos de ese tamaño y le explicaron que ellos habían dibujado el pie del papá mientras él dormía, para darle una sorpresa.

El vendedor tomó el modelo y buscó un par de zapatos que fuera de ese tamaño. Se lo mostró a los niños y les preguntó: -¿Éste estará bien?
José y Nicolás tomaron los zapatos, maravllados por su hermosura y porque eran perfectos para los pies de papá. Pero José miró la caja y vio que costaban. Entonces dijo: -No nos alcanzan las monedas, sólo tenemos ocho de ellas.

Pero el vendedor les dio buenas noticias: -16 monedas es su precio regular, pero sólo por hoy se venden a tres pesos.

Los niños, dichosos, compraron los zapatos, y con el dinero que sobró compraron dulces para la mamá y para sus hermanas.

El día después de Navidad, Francisca se encontró en la calle con el papá de los niños. Andaba con sus zapatos nuevos y con sus ojos brillantes de alegría le dijo: -Le agradezco que se haya preocupado de mis hijos. Francisca le contestó: -Y agradezca a Jesús por los hijos que usted tiene. La generosidad de ellos me enseñó más de lo que he aprendido en toda mi vida.

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Cuento 3. ZAPATILLAS DE ORO

Faltaban sólo cuatro días para Navidad y Juan, padre de cuatro niños, eligió los regalos en una gran tienda. Cuando se disponía a pagar, observó a dos niños pobres, una niña y un niñito de unos cinco y cuatro años. Vestían con humildad, sus zapatos estaban rotos y sus pantalones, muy gastados. A pesar de su pobreza, tenían una gran sonrisa en sus labios y se veían muy contentos.

La niña llevaba en sus manos un precioso par de zapatillas doradas.

El vendedor las tomó y les dijo:
-Son seis monedas. El niño buscó en sus bolsillos y sólo encontró tres monedas. El vendedor las contó y les dijo que no alcanzaban para pagar las lindas zapatillas. -No importa- dijo el niño. Seguiremos trabajando. Aún quedan cuatro días para Navidad; cuando juntemos las monedas, volveremos.

Pero la niñita se puso a llorar y le dijo:
-Pero a Jesús le encantarían estos zapatos.
-Sí- le dijo el hermano – pero no nos alcanza, no llores, volveremos en uno o dos días más con más monedas. Juan, que había oído la conversación, sacó los tres pesos que faltaban y se los entregó al vendedor.

El niño miró a Juan y le dijo:
-Muchas gracias señor, ha sido usted muy amable.
-De nada- le contestó Juan. Pero me gustaría que me contestaras una pregunta ¿qué quiso decir tu hermana cuando dijo que a Jesús le gustarían mucho las zapatillas?

El niño contestó:
-Lo que pasa es que la mamá está muy enferma y el papá nos dice que seguramente se va a ir al Cielo el día de Navidad.

Luego siguió la niñita:
-Y mi profesora en el colegio me ha enseñado que las calles del Cielo son llenas de oro, muy brillantes y preciosas, entonces ¿no se vería muy bien mi mamá caminado por esas calles con estas preciosas zapatillas? ¿Cierto que a Jesús le encantaría?

Los ojos de Juan se llenaron de lágrimas y dijo:
-Estoy seguro: su mamá se va a ver preciosa caminando con esas zapatillas.

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Cuento 4. UNA ESCULTURA MUY ESPECIAL

Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, los habitantes de una pequeña ciudad inglesa comenzaron a reconstruir lo que las batallas destrozaron.
En una esquina del centro de la ciudad, yacía por el suelo una escultura de Jesucristo, con sus manos abiertas, en una actitud de invitación. Y en su corroído pedestal aún podía leerse: “Vengan todos hacia mí”.

Con ayuda de artistas y artesanos, la estatua se pudo reconstruir, salvo las manos, ya que fue imposible encontrar vestigios de ellas. Entonces, alguien sugirió esculpir nuevas manos para la imagen. Pero el pueblo no estuvo de acuerdo con la idea, protestó y la escultura fue dejada sin manos y la leyenda del pedestal fue cambiada por la siguiente: “Cristo no tiene manos, pero tiene las nuestras”.

Como estamos próximos al nacimiento de Jesucristo, ofrezcamos nuestras manos a Cristo y usémoslas en obras que, sin duda se convertirán en los mejores regalos más importantes de esta Navidad.

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Cuento 5. EL HOMBRE QUE SE SALTÓ LA NAVIDAD

El 24 de diciembre, como todos los días, Jorge Mason fue el último en abandonar la oficina. Como era muy cuidadoso, le gustaba cerrar él y dejar todo bien seguro. Sin embargo, cuando accionaba la alarma de seguridad hubo un momentáneo corte de luz, a raíz de lo cual el sistema de seguridad se selló. Los teléfonos se bloqueron: sería imposible salir de la oficina esta noche.

Después de la incredulidad y el enojo por lo absurdo de lo sucedido, Mason reflexionó: “Bueno, no es tan grave. Mañana, cuando hagan el aseo, podré salir”. Pero al instante recordó que era víspera de Navidad y, por lo tanto, nadie vendría mañana a la oficina. “Entonces, tendré que pasar 36 horas encerrado en este lugar”, se dijo.

Para Jorge, esta situación no revestía la gravedad que habría revestido para la mayoría de las personas. Soltero y cuarentón, vivía solo. Esa mañana había rechazado la invitación de su hermano para cenar con él y su familia porque le molestaba el barullo de los niños, y tampoco quiso pasar un día de campo con unos amigos porque temía que algo sucediera en el camino. “No tengo nada especial que hacer; nadie me extraña esta noche ni mañana”, pensó.

La mañana del 26 de diciembre, llegó la mujer que hacía el aseo. Mason sintió el ruido de la aspiradora en el segundo piso, y salió sin que nadie lo viera. En su departamento se duchó y comió algo. Cuando se empinaba una taza de café con leche se sintió triste: nadie lo esperaba, nadie notaba su ausencia. “Siempre creí que no necesitaba a nadie, que la Navidad no tenía sentido. Sin embargo, ahora, después de haberla vivido en completa soledad me doy cuenta de lo ciego que estuve. He pasado todo estos años encerrado en mi egoísmo, mi indiferencia y mi orgullo. Sin duda, no he respondido a todo lo que Jesús me ha dado. Es hora de un cambio.

A partir de ese día, Jorge aprendió a compartir con los demás, se encariñó mucho con sus sobrinos y frecuentaba sus amigos.

Llegó la próxima Navidad y Mason fue el primero en abandonar la oficina. Al salir, colgó un cartel que decía: “Amar a alguien, ser indispensable para alguien es el propósito de la vida y el secreto de la felicidad”.

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Cuento 6. LA VIEJA FRAZADA AZUL

Faltaban pocos días para Navidad. Mauricio, un pastor de 10 años, estaba junto a sus tres hermanos descansando en el cerro. De pronto vieron que en el Cielo una estrella comenzó a brillar con mucha intensidad y de ella apareció un hombre vestido de blanco, cuyo cuerpo parecía emitir luz: era un ángel.

Muy asustado, Mauricio se escondió detrás de sus hermanos, mientras ellos ponían mucha atención a lo que el ángel les dijo: “En Belén nacerá el Niño Dios”. Contentos con la buena noticia, los pastorcitos decidieron viajar a Belén.

“¿Pero quién va a cuidar las ovejas?” -preguntó Samuel, de 16 años. Mauricio se ofreció gentilmente para hacerlo. Al principio sus hermanos protestaron un poco, pero luego aceptaron.

“Cada uno tiene que llevar un regalo” -dijo Samuel.
Un hermano escogió una piedra preciosa para el Niño Jesús. Otro escogió lirios para hacerle una corona al Rey, Samuel decidió darle su anillo de oro y Mauricio, avergonzado, dijo: “Aquí está mi vieja frazada azul, aunque está rota y desteñida, llévensela ya que es lo único que tengo”.
“No, Mauricio” -dijo Samuel, cariñosamente- “Esa frazada no se la podemos dar ni a un vagabundo, menos a un rey. Además, tú la necesitas esta noche, porque te quedarás cuidando el rebaño”.

Los hermanos partieron, dejando solo a Mauricio. Él apoyó su cabeza en la frazada; se cubrió la cara con las manos y dos gruesas lágrimas rodaron de sus ojos. Entonces una voz le dijo:
“¿Vas a venir?”. Sorprendido, miró al cielo y vió al mismo ángel que había traído la buena nueva. “Tú querías ver al niño, ¿no es así?”, dijo.
Mauricio asintió, “eso me gustaría, pero tengo que cuidar las ovejas”.

“No te preocupes” -dijo el ángel- “tus ovejas estarán bien cuidadas. Toma mi mano y trae tu frazada, el Niño la puede necesitar”. Pocos instantes más tarde,
Mauricio cubrió con su frazada al Niño Jesús y se hincó a sus pies junto a sus hermanos. Mauricio los iba a llamar, cuando el ángel levantó su dedo a los labios y le dijo: “Tu regalo fue el mejor, porque era todo lo que tú tenías”.

Regresaron junto a las ovejas y Mauricio cayó en un profundo sueño. Su hermano Samuel lo despertó, “Maucho, por qué estás durmiendo sin frazada, ¿no tienes frío?”. Mauricio no le respondió. Esa noche no tuvo frío ni las siguientes. No hubo frío que helara a Mauricio ni lluvia que lo mojara. Así premió el Niño
Dios a quien lo abrigó durante su primera noche aquí en la Tierra.

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Cuento 7. EL REGALO DE LOS REYES MAGOS

Tres veces contó Della su dinero. Después de tanto ahorrar sólo tenía una moneda de plata y siete de cobre. Y al día siguiente sería Navidad.
Ella y su esposo Jim eran muy pobres, vivían en un pequeño y viejo departamento, donde había un buzón en el cual ninguna carta podía entrar, y un timbre eléctrico que ningún dedo de mortal era capaz de inducirlo a sonar.

Della se dio cuenta de que con el dinero que tenía, no podría comprarle ningún regalo a Jim, había pasado horas soñando y haciendo planes para darle algo bonito. Pero eso ya no sería posible.

Ahora bien, había dos cosas que tenían y que les llenaba de orgullo. Una era el reloj de oro de Jim, que había pertenecido a su padre y a su abuelo. La otra era la cabellera de ella. Su pelo era largo, bellísimo y ondulado. Pensando en esto Della se le ocurrió una idea para obtener dinero.

Salió a la calle y en el lugar donde se detuvo había un cartel que decía: “Madame Sofroine. Toda clase de postizos para el cabello”. Entró y preguntó: “¿Quiere comprar mi pelo?”

Madame Sofroine lo examinó cuidadosamente. “Veinte monedas de plata”, dijo. Hicieron el cambio y Della partió feliz con su dinero a comprar un regalo para Jim. Al fin lo encontró. Era una cadena de platino para el reloj. La cadena era discreta y valiosa y con ella Jim podría consultar sin problemas su reloj.

Cuando Jim llegó a su casa después de su trabajo al ver a Della sin su pelo, quedó inmóvil. Della brincó y fue a su encuentro. “Jim, amor mío” -exclamó-, “no me mires así. Decidí cortarme el pelo y venderlo, porque me habría sido imposible pasar una Navidad sin hacerte un regalo”.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa. “No vayas a equivocarte, Della, acerca de mí” -dijo. “No creas que un corte de pelo, puede hacer que me gustes menos mi mujercita. Pero, si desenvuelves ese paquete comprenderás por qué me sentí desconcertado durante algunos minutos”.

Con sus ágiles y blancos dedos rompió la cinta y el papel de la envoltura. Entonces se oyó un grito y luego lágrimas y lamentos de histeria. Porque ahí estaban las peinetas, que Della había pasado horas contemplando en la vitrina de una tienda. Eran unas peinetas caras, y ellas lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas, sin la menor esperanza de que llegaran a ser suyas.

Finalmente pudo levantar los ojos, sonreír y decir: “El pelo me crece muy pronto”. Y entonces Della saltó y llena de ansiedad le dio su regalo.

¿No es precioso, Jim? Lo busque por toda la ciudad. Ahora tendrás que ver la hora cien veces al día. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con la cadena.

En lugar de obedecer, Jim sonrió. “Della” -dijo- “guardemos nuestro regalos de Navidad y conservémoslos algún tiempo. Son demasiado buenos para usarlos. Vendí el reloj para conseguir el dinero con qué comprarte las peinetas. ¿Y ahora que te parece si empezamos a comer?

Los reyes magos, eran hombres sabios que llevaron los regalos al Niño en el pesebre. Ellos inventaron el arte de dar regalos de Navidad. Siendo sabios, sus regalos también debían tener sabiduría. Esta historia de dos muchachos que sacrificaron sus tesoros más importantes por amor al otro, demuestra que fueron regalos muy sabios.

Fuente: http://hacerfamilia.cl/